En medio de una tormenta perfecta

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El cuadro de situación es el de una tormenta perfecta, que se fue armando por una conjunción de factores que detonaron todos al mismo tiempo. Vayamos por partes.

El reacomodamiento en las tarifas posiblemente sea el tema de mayor resonancia, por su impacto en el bolsillo de todos los consumidores. Se trata de un problema heredado, que “a priori” era complejo por variados motivos. Con tarifas “pisadas” durante mucho tiempo, la matriz energética era deficitaria y funcionaba a puro subsidio. El reacomodamiento en alza no iba a ser sencillo, más aún cuando coincidió con aumentos en el precio del petróleo en los mercados internacionales y con aumentos bruscos en el tipo de cambio en la plaza local.

La tormenta tuvo otros agravantes, tales como el aumento de la tasa de interés en los mercados internacionales por un lado y la baja del precio de commodities por el otro.  El menor aporte de divisas a consecuencia de la seca en el ciclo agrícola 2017/18 completó el cuadro. Agreguemos una  buena cantidad de errores “no forzados”, que no contribuyeron a la construcción de un horizonte más despejado y previsible.

En medio de la tormenta no es sencillo realizar un diagnóstico objetivo, para entender por qué estamos cómo estamos y qué es lo que debería hacerse para navegar por aguas más tranquilas. Desde ya, los diagnósticos objetivos son difíciles, en vista de que prevalecen las visiones subjetivas, muchas de las cuales forman parte del problema y no de la solución.

El primer dato del diagnóstico tiene que ver con el hecho de que desde hace décadas, el Estado gasta más de lo que tiene. En este punto es oportuno aclarar que estamos con las cuentas en rojo, no porque los ingresos fiscales sean bajos, sino porque el gasto público es alto. La presión tributaria es de las más altas del mundo, con impuestos y tasas abrojadas a todos los bienes y servicios que consumimos a diario.

El segundo dato del diagnóstico tiene que ver con que mucha gente piensa que el déficit fiscal es un tema que no les atañe. Una gran mayoría de la población pretende que el Estado se haga cargo de todo, desde las inversiones en infraestructura hasta la asistencia a los más necesitados. La lista incluye los subsidios para que las tarifas de electricidad, de gas y del transporte público sean baratas. La política de “tarifas subsidiadas” engrosó el gasto público a niveles insostenibles.

Las cuentas públicas de cualquier país del mundo pueden tener déficit, en la medida en que existan posibilidades de financiamiento. Pero en el caso argentino el déficit tiene otras implicancias. El déficit, cuando es financiado con emisión monetaria motoriza la inflación, en tanto que cuando se financia con endeudamiento enciende luces rojas en el tablero de los mercados financieros. Muchas inversiones están frenadas por los nubarrones que asoman en el horizonte, por el déficit en las cuentas públicas, por los recurrentes cambios en las reglas de juego y por una voracidad fiscal sin límites.

El aumento de las tarifas públicas forma parte de lo que habría que hacer para achicar el gasto público. Es la parte más explosiva de la baja del gasto, porque afecta al bolsillo en forma directa.

El aumento en la presión tributaria, tal como ocurre habitualmente, formó parte del recetario para achicar el rojo fiscal. Más impuestos sobre todo lo que está quieto y sobre todo lo que se mueve. No se crean que el mayor peso tributario será inocuo, aclara el Espantapájaros. Con recursos privados recortados, el camino de crecimiento será más esforzado.

En medio de una tormenta perfecta el dilema puede plantearse entre la opción de resolver los desequilibrios estructurales con esfuerzo, o vivir de la ilusión de que las tarifas subsidiadas no tienen costo y que los recursos públicos son ilimitados. Lo que debe resolverse es cómo navegar en medio de las olas, en un contexto de recursos escasos y muchas urgencias.

El camino por recorrer es estrecho. Hace tiempo que se terminaron los atajos. El mantenimiento de los subsidios, en el nivel en el que estaban, llevó a que el desequilibrio en las cuentas públicas sea de un color rojo intenso, según la escala del Espantapájaros.

Las perspectivas de mayor producción de petróleo y gas en Vaca Muerta llevarán a cambios en la matriz energética, con generación de saldos exportables y menor dependencia de importaciones caras. Las turbulencias del presente muchas veces no dejan ver las soluciones que tenemos a nuestro alcance, aunque estén a 3.000 metros de profundidad. El aumento de exportaciones de petróleo y gas en Vaca Muerta, llevaron a que en septiembre 2018, después de 20 meses, se revirtiera el déficit comercial.

El horizonte posiblemente esté más despejado en 2019, de la mano de una buena cosecha, con mayores saldos exportables y mayor aporte de divisas. Adicionalmente las exportaciones de Vaca Muerta seguirán creciendo, más los dólares que podrá aportar el turismo, configuran un panorama totalmente distinto al actual. De la mano de una mayor oferta de dólares lo peor de la tormenta irá quedando atrás, pese a que en lo inmediato prevalece la preocupación por cómo afrontar los mayores costos.

 

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Sobre el autor

Director de Márgenes Agropecuarios desde 1985. Consultor de empresas en temas económico-financieros y en evaluación de proyectos. Asesor de inversiones en campos y en evaluación de arrendamientos. Es Lic. en Administración de Empresas (UBA) y en Administración Agraria (UADE).

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